Me subí al avión con mi primer título de educadora canina bajo el brazo. Iba feliz. Motivada. Agradecida por todo lo que había aprendido. Siempre me gustaron los principios.
Sabía que Sri Lanka era un lugar donde hay muchos perros que viven en libertad. Perros Callejeros, Stray Dogs en Inglés.
Mientras organizábamos el viaje, busqué refugios de perros callejeros para visitar.
Viaje a Sri Lanka
En cuanto me sentí cómoda para desplazarme sola por la isla, me subí a un Tuck-Tuck camino a uno de los refugios. Iba con cita previa.
REFUGIO 1 de Perros Libres en Sri Lanka
Abrieron una minúscula puertecita que daba a un amplio bosque de árboles de canela.
Me estaban esperando.
Nada más entrar, me colocaron en brazos un cachorro famélico lesionado en una pata. Tras unas pocas indicaciones sobre como debíamos comportarnos, abrieron un gran portón.
Entonces aparecieron cientos de perros. La mayoría de color marrón, pero no todos. Algunos estaban tumbados al sol. Otros se acercaron curiosos. Uno de ellos decidió que yo era un buen punto vertical sobre el que marcar. En aquel momento sabía poco o nada sobre marcajes de orina y me quedé desconcertada, sin saber si aquello era una declaración de amor, o una amenaza. Lo perdí de vista entre la multitud.
Hoy se que un marcaje puede tener múltiples interpretaciones y que hay que tener en cuenta muchas variables. Todavía queda mucho por investigar.
En ese mismo patio, al aire libre preparaban enormes ollas con cantidades ingentes de comida. Nada de pienso :), todo natural.
Los perros se protegían del sol o de la lluvia dentro de casetas de madera con techos azules, que aparecían desperdigadas por todo el patio. Palmeras altas, zonas especiales para cachorros, otras para perros lisiados que no podían mezclarse con el resto. También nos avisaron de un área más apartada donde estaban los que habían desarrollado conductas agresivas. A esa zona no fuimos.
La filosofía del lugar era clara: el mundo exterior es demasiado peligroso para ellos. Maltrato,
atropellos, enfermedades. Así que los recogían, los curaban y no los dejaban salir nunca
más.
Perros libres, ahora cautivos. A salvo. En un entorno saturado.
REFUGIO 2 y LA CASA
Días después nos mudamos de alojamiento.
Según se acercaba el taxi a nuestra nueva casa, empecé a reconocer
uno de los carteles que había visto en internet. Pero aquello no parecía un refugio, sino una
clínica veterinaria.
El destino, que a veces te pone las cosas fáciles: me llevó a una casa increíble, que estaba justo enfrente de ese centro. Solo tenía que cruzar la calle.
En nuestra nueva casa vivía una perra que había sido adoptada de ese mismo centro. Marrón, como casi todas, se llamaba Avocado. Durante cinco días conviví con ella.
Este lugar que era clínica, pero también refugio, era completamente opuesto al anterior.
Aquí los recogían, los curaban, los esterilizaban y, si los consideraban capaces, los devolvían
exactamente al lugar donde los habían encontrado
El recinto era precioso. Una piscina poco profunda con una gran estatua de Buda meditando entre árboles tropicales, césped recién segado, caminos de piedra que creaban diferentes espacios. Los perros estaban sueltos. Vivían en grupos que habían formado ellos mismos por afinidad. De vez en cuando había disputas breves, pero nada que ellos mismos no supieran resolver. También había zonas para cachorros y para perros con limitaciones físicas, en su mayoría con tres patas o parálisis de cadera.
Todo estaba limpio, ordenado, en armonía.
Había dos quirofanos uno dentro, impoluto y otro abierto a la calle donde se hacia las esterilizaciones y dejaban a los perros en cuarentena.
Dos voluntarias occidentales aprendían de un veterinario local.
También daban un servicio de alimentación. Salían en camión a repartir comida a los perros que
vivían por los alrededores.
Esos perros estaban allí. Tumbados junto a los caminos. Se apartaban con tranquilidad
cuando pasaba un coche o una moto. Te miraban pasar sin inquietud. Sin expectativa.
Convivir con Avocado fue un regalo que con lo que se hoy, lo hubiese aprovechado mucho más.
Era una perra viva. Salvaje. Tranquila
Una de las cosas que aprendí de ella es que los perros callejeros no juegan como jugamos aquí con los perros domésticos.
Intenté jugar con una rama. Ella respondió con una explosión de energía: saltos, bocados suaves y no tan suaves, excitación desbordada. Terminó rompiéndome el sarong amarillo que me había comprado esa mañana. Un sarong es una prenda parecida a un pareo que usan los hombres. Aún lo conservo, con el siete que hizo Avocado en la tela. Le tengo aún más cariño a ese sarong por el autografo que me dejó la perra :).
Pregunté a los hombres que trabajaban en la casa si jugaban con la perra, para entender su respuesta tan exagerada. Me dijeron que no y me miraron como si la pregunta fuese totalmente absurda.
Otra forma de relacionarse. Otra forma de entender qué necesita un perro y qué no.
Quiero pensar que a Avocado le divirtió aquel momento.
Yo pasaba el tiempo observando a la perra y buscando su contacto. Así remarqué que tenia algo raro en la piel, en la zona de la tripa.
Aproveché para cruzar la calle y llevarla a la clínica de enfrente. El trabajador más joven de la casa vino conmigo o más bien yo fui con él. Cogió una gruesa cuerda y se la ató a Avocado al cuello.
No recuerdo de que tenían miedo, ¿por qué no la dejaban salir del jardín? por si se escapaba o por si se juntaba con los perros que andaban por la clínica, muchos con enfermedades contagiosas. Creo que de ambas.
Avocado ahora cruzaba la calle con una cuerda al cuello que le restringía su libertad por seguridad.
El eterno dilema, seguridad o libertad!.
Yo la recuerdo como una perra feliz y a gusto con su vida.
Nunca sabremos que hubiese querido de verdad Avocado ni todos aquellos perros del primer centro que vivían encerrados sin elección.
Ni tampoco sabremos lo que quieren realmente los perros que viven con nosotros en nuestras casas.
